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  Reverendo Padre Eugenio Rosso - 1909-2000
 

Este es un homenaje y un reconocimiento a nuestro querido Padre Rosso.
A quien debemos imitar como de ejemplo de vida y agradecer a Dios por habernos enviado este sacerdote, que a echo tanto y ha sido un amigo para todos nosotros
siempre cerca de los pobres y de lo más necesitados.

ANTECEDENTES

  • El Padre Eugenio Rosso, nació en San Fernando (Pcia. De Buenos Aires), el 2 de Marzo de 1909, hijo de Rafael Augusto y de Micaela Marino.
  • Profesó por primera vez en la Congregación Salesiana el 23 de Enero de 1926 e hizo votos perpetuos el 8 de Agosto de 1931.
  • Fue ordenado sacerdote  en Roma el 23 de Septiembre de 1933.
  • Fue el primer sacerdote exalumno del Colegio "Santa Isabel" de San Isidro.
  • Es maestro Normal Nacional egresado del Instituto "Nuestra Señora de la Guardia", en 1929.
  • Profesor Salesiano en Música, Ciencias y Letras del colegio "Pío IX". Profesor Salesiano en Inglés.
  • Licenciado en Sagrado Teología por la Universidad Gregoriana de Roma.
  • Profesor de Música egresado del Pontificio Instituto de Música Sacra del Conservatorio "Santa Cecilia" de Roma, y del Kirchenmusikschulede Ratisbonia (Alemania).
  • Hizo el Tirocinio práctico entre 1929-30 en "Nuestra Señora de la Guardia" en Bernal (Pcia. de Buenos Aires).
  • La Teología en la Universidad Gregoriana de Roma en 1931-1935.
  • En Octubre de 1935 es destinado al Colegio "León XIII" de Capital Federal.
  • En 1936 es profesor en Teologado de Ramos Mejías (Pcia. de Buenos Aires).
  • De 1937 a 1946 profesor en el Instituto Internacional Teológico Salesiano de Santiago de Chile.
  • De 1947 a 1949 profesor en el Colegio "San Juan Evangelista" de La Boca (Capital Federal).
  • En el año 1950 profesor en el Colegio Salesiano de Río Gallegos.
  • En 1960 funda el Conservatorio Provincial de Música. 
  • Inauguración del nuevo edifico del Conservatorio Provincial de Música que lleva su nombre.
  • De 1979 a 2000, secretario canciller del Obispo de Río Gallegos.
  • Sacerdote en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús.
  • 17 de Agosto del 2000 fallece, a los 91 años de edad.

ENTREVISTA REALIZADA POR FLORA RODRIGUEZ LOFREDO
Publicada en "Semblanza del reverendo Padre Eugenio Rosso, (1999)

CAPITULO 1
LA ENTREVISTA

Mientras subo las escaleras de mármol del Obispado, lamento que, mi viejo grabador (años luz de la nueva tecnología) se haya empecinado en no funcionar. ¡No importa!, digo.
Descanso unos segundos antes de atropellar el último tramo.
Me pregunto: ¿Cuántas veces el padre Rosso habrá subido y bajado estas escaleras?
¿Cuántas obras bendecidas? ¿Cuántas almas reconfortadas? ¿Cuántos ojos cerrados por sus manos? Me aferro a la lustrada baranda.
Superado el último escalón, en el rellano del primer piso, me encuentro con la figura de Jesús, los brazos extendidos, el corazón sangrante. Con la mirada le pido que me ayude a recrear estos gloriosos 90 años de mi entrevistado.
Ya estoy ante la puerta de su despacho; detrás del blanco visillo descubro su erguido cuerpo. Golpeo tímidamente con mis nudillos, una, dos veces.., y la puerta se abre para el abrazo y el saludo afectuoso.
Se disculpa: Llegué ayer de viaje. Su despacho es un caos de papeles. Presuroso despeja una silla, me siento, estoy sofocada, le comento que la calle es una fiesta, hace 25 grados de calor. Se sorprende, el edificio del Obispado es un bálsamo de paz y de frescura.
Le confieso que estoy escribiendo sobre algunas personalidades.
¡Entonces no me busque a mí!, se ataja.
Estoy confundida, le digo; no sé cómo tratarlo para el reportaje. Si MONSEÑOR, CAPELLAN, CANCILLER, PROFESOR, PADRE. Dígame Padre, dice con humildad.
Le pido que me cuente algo sobre su niñez. Le cuesta hablar. ¡Hace tanto tiempo que fui niño!
Regresa a un 2 de marzo del año 1909.

CAPITULO II
SU NIÑEZ

La amplia casona de San Fernando, en las afueras de la gran aldea capitalina, se conmueve un 2 de marzo de 1909 ante el llanto de un niño.
Es el primogénito de la familia Rosso; luego llegarían 4 hermanos para alegrar la solariega casa.
Le pusieron de nombre Eugenio, no por el calendario, no por tradición familiar, implemente para salir de los Juanes, los Pedros y los Joseses que abundaban.
Comenzó temprano sus estudios en el Colegio “Santa Isabel” de San Isidro, mañana y tarde, tarde y mañana; matizaba las tareas con clases de música en el Seminario de Bernal.
Lo interrumpo: Padre, ¡por favor!, alguna travesura...
Piensa, menea su cabeza negativamente, no recuerda.
Insisto: ¿Nunca una miga de pan a los hermanos en la mesa?
Se ruboriza.
¿Nunca lo rescataron de las ramas de un árbol? ¿Un picado a la pelota?
No tenía tiempo, se disculpa.
Calla unos instantes..., piensa. Sí, dice sonriendo, tengo una. .Tenía un abono de tren permanente entre San Fernando y San Isidro para concurrir al colegio... en el andén esperaba el tren cuyas puertas por aquellos años se manejaban manualmente. Cuando se ponía en marcha yo corría a la par hasta que comenzaba a tomar velocidad; entonces, de un salto me aferraba al barral de la puerta y trepaba. Y agrega: Amaba el vértigo.
¡Menos mal que mis padres nunca se enteraron!
Yo le cuento una de mi niñez:
Era el tiempo en que los primeros aviones llegaban a Río Gallegos; el sueño de volar era entonces una utopía. Planificamos: tendríamos que desplumar algunas gallinas del vecindario y coserlas a una vieja manta. Nada se dejó al azar, nos dividimos en grupos organizadamente, se resolvió en votación democrática elegir al más valiente, por unanimidad se designó al héroe. Se buscó el paredón desde donde imaginábamos nuestro cóndor tomaría altura. Deliberamos sobre la hora más conveniente, las 1 5,00 hs. (la razón: algunos padres trabajaban y otros a esa hora realizaban su siesta).
Comenzamos la cuenta regresiva... 3... 2... 1 ...: extendió sus brazos cubiertos por la capa de plumas... y cayó estrepitosamente al suelo. La nariz ensangrentada, las manos y las rodillas lastimadas... lloraba... lloraba.., mientras todos desaparecíamos de la escena.
El reto fue fenomenal, tuvimos que pedir perdón a las vecinas, y lo tuvimos que hacer, para mayor vergüenza, ante las desplumadas gallinas ateridas de frío.
Le causa gracia, lo celebra.
¡Convenimos que eran otros tiempos!

CAPITULO III
SU VOCACION

Cuenta que su vocación fue naciendo despaciosamente. En el colegio religioso “Santa Isabel” se respiraba un aire propicio para la meditación y la fe.
La decisión fue respetada y bendecida en el seno del hogar. El transcurrir de los años sólo hizo que esa fe se agrandara, se multiplicara en su corazón.
Viaja a Roma: comprueba que el Señor lo ha elegido para servir, y un 23 de septiembre del año 1933 se consagra a Dios. Joven, disciplinado, culto, las autoridades de su congregación lo envían a Chile.
Diez años convive con la comunidad de Santiago. Deja en la tierra de Neruda y Gabriela Mistral un recuerdo imborrable.
En su despedida, cientos de niños por él formados cantan salmos. Siente desfallecer su corazón. Hay lágrimas humildes y manos cariñosas, hay altos prelados de la Iglesia, hay hombres de la cultura, son sus amigos, sus fieles.
Deja tras de sí el recuerdo de su inmensa obra pastoral.
El avión que lo regresa a Buenos Aires tiene el sabor del reencuentro con su familia, con sus seres más queridos.
No descansa, le señalan en el mapa un punto lejano, una comarca inmensa, despoblada; recorre con sus dedos el perfil geográfico y se detiene en un punto: Río Gallegos.
Se embarca en un avión de la Marina un 2 de marzo, ¡justo el día de su cumpleaños! Ocho interminables horas lo acercaron al extremo sur del continente americano.

Lo recibió el personal de la base en el viejo aeropuerto de Marina (pisaba por primera vez la aldea de poco más de 5.000 habitantes).
No veía árboles, me dice, tierra y piedras barridas por el viento.
Comenzó su obra en el Colegio Salesiano. Recuerda las viejas estufas patagónicas, supo del rigor del invierno; poco a poco fue sintiendo el afecto de la gente, desde el pedregal subían oleadas de cariño, de estima; supo que las puertas de las casas nunca se cerraban con llave, que la comunidad lo respetaba.
Y no se fue más, de esto hace casi 50 años.

CAPITULO IV
UN DOLOR MUY GRANDE

Le pregunto si tuvo algún dolor muy grande en su vida.
Sí, me dice, la muerte de un hermano cuando sólo contaba 14 años. Pereció ahogado.
Baja lentamente la cabeza, me cuenta... Solía con un amigo —estudiante como él— navegar cerca de la costa en una pequeña embarcación a remo. Mientras uno repasaba la lección, el otro remaba. Se turnaban en esa tarea, pero una mala sincronización permitió que aquella cáscara de nuez se diera vuelta. El amigo alcanzó a aferrarse al bote, mi hermano desapareció de la superficie.
Hubo tres inacabables días de fatigosa búsqueda. Cuando todas las esperanzas de encontrarlo estaban perdidas, mi padre hizo un último desesperado intento. Se internó en el río cuanto pudo, tropezó. Cuando regresó, traía el cuerpo de su hijo entre los brazos; había quedado enredado a pocos metros de la costa entre la vegetación marina.
Se produce entre nosotros un largo, profundo silencio... pasan los minutos, siento la boca seca, me culpo por remover aquella dolorosa herida. Busco algo que supere el difícil momento.
Comienza luego lentamente a levantar la cabeza, el rostro enrojecido, los labios apretados. Me doy cuenta que el lagrimal le estalló sobre el vidrio de los anteojos. Se los saca.
Me repongo. Padre, le digo, usted sabe que tengo un matrimonio amigo que en lo mejor de sus peleas siempre se acuerdan mal de usted...
Mientras limpia despaciosamente los cristales empañados, sus ojos aún húmedos requieren una respuesta de mi parte. ¡Recuerdan el día que usted los casó!
Pesca al vuelo la broma, vuelve su rostro a serenarse, con picardía me dice ¡Hay tantos!, y por sus labios trepa una sonrisa abierta, generosa.

CAPITULO V
OTROS RECUERDOS

Hablamos de la vieja aldea, de la solidaridad de los vecinos, de la plaza que amorosamente cuidaba Don Poseiro. Hablamos de la personalidad de este español trabajador, honrado, que mientras regaba acunaba un esperanzado sueño, volver a su Galicia natal.
El Padre Rosso cuenta:
Pasaron los años y le llegó el tiempo de su jubilación, se fue despidiendo uno a uno de los vecinos, se acercó al Colegio Salesiano para darme un abrazo.
¡Pues hombre, que parto para España! ¡Allí están mis parientes, mi familia, los amigos que dejé en la juventud, vuelvo a mi tierra, la de las barcas en la ría, las redes, la fiesta!
¡Era tan pequeño, tan frágil! Vendió todo lo que tenía y marchó.
Pasaron unos pocos años y un día regresó. Lo encontré camino a la plaza, más viejo, más encorvado, más triste.     
Nos volvimos a confundir en un abrazo:
Pues que no encontré a nadie, muchos amigos y familiares ya murieron —me dijo—, y los que viven todos tienen sus obligaciones. Me encontraba tan solo que volví.
El tiempo había pasado inexorablemente para él, y para los demás.
Nosotros no lo olvidamos. Lo quisimos en su juventud, lo amamos en su vejez, lo respetamos. Hoy un pasaje de esta  ciudad lleva su nombre.

CAPITULO VI
DOLOROSA MISION

El invierno azotaba como nunca a la región. La nieve y la escarcha cubrían hasta el último rincón de este sur esperanzado.
“Bajo Caracoles” (un parador de pocas casas en el desierto patagónico) estaba aislado, la nieve había cubierto por completo la desolada estepa. Las posibilidades de salir eran nulas.
La pequeña hija de uno de los pobladores cae sobre el suelo endurecido por la escarcha y se quiebra una pierna.
Defensa Civil, siempre pronta, recibe el mensaje desesperado de los padres, y la orden terminante es evacuarlos.
El pedido de ayuda se cuela, trepa por las ondas sonoras del espacio llenando de angustia a toda la comunidad. Las condiciones meteorológicas son pésimas.
Pero un joven y fogoso piloto se atreve, busca a un compañero solidario y corajudo como él y a pesar de las recomendaciones se elevan hacia el cielo en un diminuto avión del Aero Club de Puerto San Julián, y se pierden en el plomizo horizonte impenetrable.
Consiguen llegar; aterrizan, la alegría pintada en el rostro, la satisfacción ensanchándoles el pecho. Sube el matrimonio y la pequeña hija a la liviana nave. Levantan vuelo.
La tragedia, sin embargo, está agazapada entre las nubes espesas, amenazantes. La condensación de hielo y nieve sobre las alas hace el resto.
El pequeño avión portador de la esperanza cae abatido sobre el duro suelo. Mueren todos los ocupantes.
Hay que dar la noticia a los familiares de las víctimas que residen en Río Gallegos. Al Padre Eugenio Rosso se le encomienda la dolorosa misión. Golpea la puerta de la familia Gallardo.
Lo reciben sorprendidos, lo hacen pasar llenándolo de muestras de afecto. El dice que casualmente pasaba por allí y que le gustaría rezar algunas oraciones con ellos.
Pide humildemente que bajen un poco las persianas y entornen las cortinas para darle mayor intimidad a un acto tan propicio para la reafirmación de la fe.
Ese anochecer del 5 de agosto reflejaba la crueldad del invierno extendido por las calles, y en las almas. La escarchilla en el aire ponía sobre la blanca bufanda del Padre Rosso un tenue velo de luz. El hogar de la familia Gallardo lucía ajeno a la tragedia, tibio y acogedor. Ante las indicaciones del sacerdote se reunieron todos quienes en ese momento se encontraban en la casa, y apoyados en sus palabras comenzaron a orar.
El Padre Rosso interrumpe la oración, besa la cruz que lleva sobre el pecho, deja el rosario sobre una pequeña mesita, busca las manos de todos los presentes y las junta en un doloroso gesto. Protegido por la paz y la penumbra, despaciosamente les anuncia el terrible Accidente.
Sus palabras son un bálsamo de paz.
Abrazados a él, lloran su desesperación.
No los abandonó. Estuvo junto a ellos reconfortándolos por mucho tiempo.
La familia Gallardo no olvidará jamás este gesto.
El accidente ocurre un 5 de agosto de 1977.
La familia que muere está compuesta por Angel Elías Fernández, su esposa Gladys Lidia Gallardo y su pequeña hija Lorena Vanina.
El piloto civil Héctor Ciselli y su acompañante Guillermo Héctor Saldaño intentaron desde el corazón prestar ayuda. El Señor les tenía reservado otro cielo.

CAPITULO VII
LA COMISION

La Comisión encargada de los homenajes al Padre Eugenio Rosso propone que el señor Roberto Sureda y yo entrevistemos a varios funcionarios solicitando apoyo a esta iniciativa.
Comenzamos con el señor Jefe de la Policía Provincial.
Antes de pisar la entrada del edificio de la Jefatura nos hacemos una pregunta: ¿Nos dejarán salir? ¿Quedaremos dentro?
Nombramos al Padre Eugenio Rosso: la puerta del despacho se abre inmediatamente. E! propio Jefe de Policía (remera negra, pelo rasurado) nos recibe cordialmente.
Desde su teléfono particular habla con el Señor Ministro de Gobierno. ¡Que vengan cuando quieran!, oímos que dice.
Ya en la Casa de Gobierno se disculpan: . . .S.E. el Señor Gobernador está de viaje, se lo comentarán cuando regrese, pero seguro que bajará línea para que los homenajes tengan el marco propicio a tan grata celebración.
La señora Ministra Secretaria de la Gobernación nos dice que contemos con su apoyo.
Llegamos a la Intendencia. Sorteamos una larga cola, nos miran con poca simpatía, meto la mano en el bolsillo de mi saco y aprieto fuerte la cinta colorada que siempre llevo contra la envidia. Cuando aún no habíamos terminado de decir RO..., ya estamos sentados frente al mismísimo señor Intendente.
Compruebo que el apellido Rosso es una palabra mágica.
Mi mente perversa elabora una posibilidad: ¡Qué tal una compañía Rosso-Rodríguez (mi apellido) Limite y son, Ilimitada! Bancos, pienso; financieras, una línea telefónica. ¡Tu llamado! al 00000-7 multiplicado por tres por dos, más 3 pesos, más IVA. ¡La solución! Me  veo bajo una palmera en la Isla Caimán. Mi subconsciente me pregunta: ¿y el otro accionista de la firma?... No, él no está enterado de nada, ¡por supuesto!
Me avergüenzo de mis pensamientos, me disculpo, salgo del edificio municipal. Busco desesperadamente una librería, el corazón me late más que el bombo de Tu la. ¿Tienen lápices correctores de mentes avivadas?, pregunto.
¿Cuántos quiere?, me dice la vendedora indiferente.
Pienso en comprar uno, pero después, acordándome de la famosa frase, le digo: “Deme
dos”.
Los guardo en mi cartera, estoy contenta.
Vuelvo al Padre Rosso. ¿Cuánta agua tumultuosa —algunas veces—, y apaciguada otras, habrá pasado bajo el puente de la vida de este querido sacerdote?
Entonces recuerdo al Padre, luego Cardenal, Ralph de Bricassart de la bellísima novela de Cohen Mc Cuhlough, “El pájaro canta hasta morir”. Comparo, la misma alta figura, los mismos ojos azules.
Caigo en la cuenta de que no le he preguntado al Padre Rosso nada sobre el amor. ¡Estoy consagrado a Dios! me dirá, seguramente, pero habrá un chispazo de luz cruzándole el rostro.
Vuelvo a sus 90 años, impensadamente agendó : 2 de marzo... Otro pensamiento cruza por mi mente, agrego: “jugar el 90 a la...”.
Desesperada busco en mi cartera el lápiz corrector recién comprado, y me borro total, definitivamente.
Antes de desaparecer alcanzo a recordar algunos versos de Antonio Machado:

Anoche soñé que veía a Dios
• . y que Dios me hablaba,
soñé... que Dios me oía,
• • después, después soñé que soñaba.

A noche soñé que oía a Dios
gritándome ¡ALERTA!
Luego era Dios quien dormía
• y yo gritaba ¡DESPIERTA!

CAPITULO VIII
DESPEDIDA

Pasaron 4 horas de charla. Se disculpa, tiene que oficiar misa.
Me acompaña hasta la puerta de calle del Obispado. Antes del último ademán afectuoso hago un cálculo mental: estoy abrazando 32.850 mañanas, 32.850 atardeceres, 32.850 días de vida. Tengo ante mí 90 años.
Recreo el conocido refrán: “Hay viejos de 20 y jóvenes de 90”. Veo un brillo de felicidad en sus cristalinos ojos azules.
Vuelvo al calor sofocante de la tarde, la resolana me pega de lleno en la cara.
La plaza es un mundo de gente disfrutando del sol.
Cuando cruzo frente a la estatua de nuestro héroe máximo, giro mi cabeza hacia la izquierda... recuerdo el lago artificial de mi niñez, el pequeño puente donde tantas veces me he retratado, la vistosidad del plumaje de los patos navegando sobre el espejo de agua.
Me parece descubrir una pequeña figura allí donde estaba la casita de los pájaros... ¡Es Don Poseiro!, junto mis manos en bocina sobre la boca, y le grito: ¡Don José, hace un ratito con el Padre Rosso lo recordamos! Lo veo que sonríe, y con rápido ademán de su mano borra la imagen de mi mente.
En ese mismo lugar, ahora, hay un par de enamorados besándose. ¡Está bien!, digo para mí. ¡Hay que besarse más! (elemental - Galán).
Me doy cuenta que por toda la plaza danza la alegría; para mi gusto, a esa maravillosa tarde sólo le faltan mariposas. Mi mente rápidamente elabora algunos proyectos: “Hay que besarse más” y “Mariposas a cuerda”.
La idea me fascina. Pondré un artículo obligando a besar con más asiduidad a las suegras, duración del beso, mejillas, pómulos. Sonrío.
El de las “Mariposas a cuerda” —pienso—— sería un gasto más en el presupuesto municipal. En una palabra, las mataría la burocracia.
“Dirección de mariposas” “Departamento de Cuerdas” “Inspectores de vuelo” “Mariposones”... No tendría éxito mejor, dejo todo como está Se me terminó la plaza.
Me encuentro ante la familiar fachada de nuestro municipio ¿Estará el Lord Mayor?, me pregunto Faltan 4 cuadras para llegar a casa Enfilo por Libertad hacia Fagnano
Me siento agotada Culpo a mis zapatos cerrados, al calor y al cansancio que me abruman.

La piernas me pesan, y, como al querido Padre Rosso, a mi también empezaron a pesarme los recuerdos.

Por Flora Rodriguez Lofredo.

 

 

 

 


 

 

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